MAMA, CAN YOU HEAR ME?

sábado 16 de mayo de 2009

He publicado poco en este espacio, lo sé. Seguramente algunos conocidos o desconocidos seguidores tendrán razón en reclamarme este hecho. Luego del 30 de enero, fecha determinante en mi vida, más me retraí, dejando pasar si acaso uno que otro desliz literario o pseudo literario, casi ajeno al espíritu de este blog. ¿Qué sucedió el 30 de enero? Falleció mi razón de ser, mi todo, el gran motivo de mi vida, mi compañera, cómplice y más, con quien compartí lo duro y lo maduro desde el primer minuto de mi existencia hasta el último de la suya, literalmente. Me refiero a mi madre.Justificar a ambos ladosSé que a muchos les parecerá excesivo lo dicho. Todos en algún momento de la existencia experimentamos algúna pérdida y al duelo consecuente sigue la recuperación, nada fácil pero natural al fin y al cabo, a menos que una distorsión del alma entorpezca el andar. Mucha gente ha perdido a su madre. Desde este punto de vista no soy ni el primero ni el último. Pero también es cierto que cada quien experimenta el acontecimiento y sus efectos de distinto modo precisamente por los antecedentes que sustentan la relación. Hay hijos a los que la pérdida, aun cuando dolorosa, no deja de ser un momento más de la vida, el momento, ese indeclinable e irrenunciable por que todos hemos de pasar tarde o temprano. Habemos los que sentimos haber sido mutilados en el alma.
Dado que este espacio no está pensado para profusas y profundas disquisiciones que sí he hecho y seguiré haciendo en otros espacios, el ánimo sólo me da para compartir mi sentimiento por ahora con una oración ajena, pero pronunciada por uno de mis más grandes amores. Donde oigan "Papa" cámbienlo por "Mama", donde diga "Father" escuchen "Mother". Sé que podrían esperar mejor una poesía mía, luego de atender al video, debajo cumpliré sus expectativas. No me podrán negar que hay veces que las palabras de otros expresan y retratan mejor, total y cabalmente lo que uno siente desde el fondo del corazón, aún mejor que las palabras de uno mismo; y la música para eso se pinta sola.
A últimas fechas, con tres meses de dolor a cuestas, he vuelto a vivir entre y dentro y desde la poesía como hacía mucho no me pasaba, lo mismo en las letras de la canción popular como en la resultante de la propia creatividad (sin adjetivos), y esto gracias a ella, a mi madre quien, desde donde está, me dicta palabras frescas, versos dulces o terribles, siempre cargados del amor que nos fundió en uno para la eternidad.




TUS MANOS
(a mi madre) 13 de marzo de 2009

Tus manos ahora son de otra sustancia
no son tersas
no son tibias
no acarician ni consuelan
Tampocos son las frías señas
que sustuve por instantes
repetidas veces
entre el último momento
y el final ardiente.

Tus manos son ahora de otra sustancia
me devuelven la poesía
y la reclaman para sí completa
sostienen al soneto
y liberan al verso
hacen justicia obligándome
amorosas
a romper mi mórbido silencio

Ahora de otra sustancia son
tus manos, tu cabello y tu sonrisa
ancladas no en la carne
ni en la fortuna.
Etéreas ya me envuelven
con distintas caricias
si son tersas, se deslizan
siendo tibias me confortan
y en las frías noches
de la nostalgia abrupta
cubren mis ojos
como yo cerré los tuyos
o al menos como intenté,
pues el necio insomnio
del instinto de tu cuerpo
insistía en no perderme de vista;
así también me sucede
al resistirme a que el tiempo
vaya borrando inmisericorde
tu precioso recuerdo.

De otra sustancia tus manos son
ahora que no puedo estrecharlas
cuando no me abrazan
más que en sueños
cuando no cocinan
nuestras tertulias vespertinas.

Tus manos se me han hecho polvo
como toda tú y así, cenizas,
han enterrado mi afán
en el diminuto jardín japonés
de tu mausoleo personal,
ese que mis manos,
de otra sustancia más mundana
en tu homenaje construir planean
cual distintivo único nicho
de instalación in memoriam.

RESISTENCIA PACÍFICA AL SPAM

viernes 24 de abril de 2009

Este es un ejemplo malón de publirreportaje, hecho con desgano por obvias razones. No obstante, ojalá la librería lo tome en cuenta y no se conforme con que uno tome los anuncios directamente de su spam y prefiera contribuir con nosotros de forma más directa. De bloguear también puede vivir el hombre (o podría).
Me encanta ir a esta librería, ojear y hojear sus libros, sentarme en su cómoda cafetería para degustar la lectura al cobijo de una deliciosa bebida. Encontrar las novedades y ser atendido personalmente por empleados que sí saben de libros, o por lo menos tienen un conocimiento suficiente de los productos que venden. Y ahora que pueden adquirirse libros por medio de la tienda virtual, no necesito gastar tiempo, dinero y combustible por toda la ciudad para localizar un título en específico.
Puedo decir mucho más, pero siempre es mejor vivir la experiencia en propia carne.

Periodista Digital ::: Artículo Recomendado

lunes 16 de marzo de 2009

José Antonio de la Vega Torres con dirección email
veta.creativa@gmail.com le recomienda que visite
la siguiente noticia que puede interesarle

http://blogs.periodistadigital.com/latino.php/2009/03/16/poesia-latinoamericana-madrid-cultura-8899

Periodista Digital

VOTANDO TALENTOS

miércoles 28 de enero de 2009

Nos hemos apuntado al concurso internacional Talent Seekers y nos atrevemos a pedir el apoyo de los amigos lectores de este espacio y/o los demás que conforman Indicios Magazín-e. Si lo que se ha escrito aquí, las ideas vertidas, el contenido en general son dignos a sus ojos de recibir apoyo adicional al recibido gracias a la publicidad, sólo tienes que emitir un voto desde el siguiente enlace: http://www.talentseekers.net/votar.php?aut=3658
Antes de que te permitan votar, el votante (concursante o patrocinador) habrá de registrarse aportando su nombre de usuario y dirección de correo. Recibirá un e-mail para verificar que efectivamente la cuenta de correo es suya. Esto tiene como finalidad evitar el fraude en las votaciones y no otra razón. Si no se recibe en unos minutos, compruebe por favor en su carpeta de correo no deseado.
Para votar por nosotros podrá localizarnos entre la lista de autores bajo el nombre ANTONIO DE LA VEGA y/o ANTONIO ANDRADE.
TALENT SEEKERS está confeccionando un jurado internacional de profesionales de todos los sectores creativos, principalmente empresas destacadas del sector (discográficas, editoriales, revistas, galerías de arte, etc.). Sin embargo, dicho jurado sólo evaluará a los 100 autores/artistas que el público hubiera elegido a lo largo del 2009 en cada una de las 10 categorías de las que consta el concurso. De ahí la importancia de su voto. La evaluación del jurado no tendrá lugar hasta enero de 2010 y los ganadores obtendrán una campaña publicitaria a nivel mundial, además de otros premios aportados por diversos patrocinadores. También se sortearán premios entre todos los usuarios de Talent Seekers que hubieran participado en las votaciones.

DECISIÓN FUNDAMENTAL

jueves 9 de octubre de 2008

Por Alejandro Pliego
1
¿Quieres saber la verdad, la neta; de lo que es el narcotráfico en México? Pero hablo de la verdad; sin rollos, choros, tacos de lengua, o mentiras. Estas historias son tan reales, como que el que las vivió está platicando aquí ahoritita contigo, no son de oídas, no le pasó a un amigo de mi abuelito. Peor aun, las viví como en estos momentos siento que estoy respirando. Pero tranquis maestro, voy poco a poco; haciendo las pausas necesarias que dan paso al drama, tomando aire para recordar muy bien los detalles, las pequeñas historias debajo de la principal línea argumental que te quiero tirar. Con estos hechos mato muchos relatitos del periódico, mucha ficción de reporteros calenturientos que sueñan con toneladas de droga. No se necesitan grandes barcos, ni submarinos; no requieres ver los cuerpos decapitados, apilados en masa, ni la mirada desafiante del sicario atrapado, detenido al menos momentáneamente en su carrera delictiva. ¡No! ¿Para qué tanta alharaca?, ¿para qué tanta sangre?; si en lo pequeño está la neta, la pura verdad a nivel minimalista, pa’qué tantas pacas, kilos, toneles, túneles, y maletas con dinero; con estas historias en un dos por tres lo entenderás todo. ¿Qué, rey?, ¿no comprendes lo que digo?, ¿no sabes de qué te estoy hablando?, ¿al grano?: aguanta tantito que todavía no empiezo, se paciente que estoy tomando aire:
Tú sabes que acá tu broder es un survairbor, un elemento de la clase trabajadora aspiracional; con miras y con ganas a convertirse en una gente de bien, así como tú mi buen galán. Pero mi menda, sin las condenadas ventajas mínimas que la vidorria te tiene que ofrecer desde chiquito (sin albures, porfa). ¿Qué?, ya te estás burlando ¿o sí estás llorando en serio?; espérate tantito, ya voy a las historias, los antecedentes son necesarios para que comprendas, aun ha riesgo de que pierdas el interés de mis palabras que hoy caen como lluvia de otoño, ¡Qué tal Güey!
Resulta culebra, que en estos andares de la vida yo me dediqué al comercio, a la compra-venta, a la pizca, a la biznaga, a la persecución del bolillo en cuatro ruedas; era car diler, revendedor de autos usados. Ándale pues, sí, era coyote; pero no cualquier coyote, master, no cualquier revendedorcillo mí querido hijo de Putin (el de Rusia), yo tenía mi estilacho desarrollado ya en muchas horas de vuelo. No te creas figura, el riteil de objetos usados tiene su chiste, no cualquiera lo puede ejercer; se necesita ser un poco histrión, un poco político, un poco ojete, un poco misericordioso, un poco sacerdote. Lo que pasa es que el comercio de autos es especial, los coches son una extensión de tu casa y me atrevería a decir que de ti mismo; guardan un valor especial. ¿A poco no te acuerdas de tu primer carro?, y cuántas veces no has dicho en tono de presunción: “Ah, si el asiento trasero de mi vocho hablara”. Imagínate autos que pasaron veinte o treinta años con una misma familia; te prometo que se llegan a querer igual que a las abuelitas: entonces llego yo y le ofrezco al pater familia tres pesos por la nave, haciéndole ver la realidad: “Señor la neta su hija para ser modelo necesita bajar 120 kilos, operarse las verrugas, y ponerse coronas de porcelana en esos dientes muy afectados por las caries”. Permíteme el símil, doctor. Lo que te quiero ilustrar es que después de ver veinte años seguidos a una hija así, pues pierdes digamos que objetividad. Y el golpe con la realidad es muy duro, vas tratando de decir poco a poquito lo que realmente vale el bote; pero invariablemente de primera instancia te mientan la madre. Ya después de lo que se trata es de papachar y soliviantar la voluntad del otro, del que vende, o del que compra: convencer que no forzar, convencer es lo más bonito del amor (recuerda el asiento trasero del vocho).
Todo este choro de los coches era necesario para darle expresión dramática a la primera historia, para que la comprendieras en su justa dimensión: ahí estoy yo vendiendo mis carritos y por mal fario del destino, se aposentan en la calle donde hago la vendimia, un par de autos particulares que a leguas se ve que son de guarros, genízaros, tiras, guaruras, y no cualquier policía; estos son federicos, federales, de la PGR, específicamente un comandante y sus compinches de algo que hace años se llamaba Instituto Nacional para el Combate a las Drogas. Al menos así se identificaron cuando al terminar yo de mostrar un auto, me hicieron el alto y me charolearon, me pidieron que me identificara y me hicieron mostrarles los documentos que amparaban la legalidad, y la propiedad de dicho carro: “Oiga, amigo, tiene mucha clientela; tenemos tres días observándolo y no se da abasto. ¿Dónde compra los carritos? ¿Es buen negocio? La neta, ¿todos son derechos o hay calientitos? ¿A quién le lavas la feria? ¿Por qué te pones nervioso?”. Yo, con esa falsa tranquilidad que te da la calle, las broncas, o el no tener a ningún conocido “bien parado”, alcanzo a contestar:
— ¡Qué pasó oficial! Todo está en regla, revise usted; y no, no estoy nervioso—. Y el comanche deja ir la negritud de sus verdaderas intenciones.
—No, pues que bueno que me lo aclare. Sigue el Jefe ya en tono muy amable:
—Es que me gustó mucho el mustancito ese rojo que tiene, está bien cuidadito. ¿Verdad que te dije Perico? —y contesta El Perico como quien le habla a sus mayores: —Sí, apá.
Dice el comanche: —Desde que lo vi por primera vez me encantó, y me dije “para mi hijita ahora en sus quince”. ¿Cuánto quiere por el coche, cuánto es lo menos con ganas de venderlo, y si le da alguna facilidad de pago aquí a los cuates?
—Lo menos es tanto, ya con ganas de que se lo quede su hijita; y no, no doy facilidades de pago.
—Qué lástima porque no alcanzo a completarle, ¿verdad, Gámez? —y el tal Gámez contesta descarado:
—Así es don, del bisnes de aquí no ha salido nada, y ya llevamos quince días espiando a estos cabrones colombianos. ¿Verdad, Jefe?
—Sip, ponle las grabaciones al joven para que vea que no es mentira.
De la caja de teléfonos sacan una grabadora pequeñita, sin dejarme elegir me pone los audífonos y escucho:
“Aló, aló. Hola, Roberto, ¿cómo está? Seguimos esperando a toda la familia. No, no ha llegado nadie y ya tenemos rato. Ya se va a cumplir otro mes y la gente del otro lado ya está inquieta. ¿Usted sabe algo?”.
Me quitan los audífonos y me dicen como si yo entendiera perfectamente el lenguaje cifrado del narco: —Ya ve.
2
Pasó otro día y ellos seguían ahí. Yo no podía hacer nada, se me venían los gastos encima y tenía que seguir trabajando con o sin guarros. En uno de mis ires y venires me pararon El Gámez y El Perico (no estaba El Comandante) y me dijeron:
—Que dice El Jefe si nos presta tantito el Mustang, es que tenemos que hacer un mandado y así sirve que probamos el carrito.
Sonaron las alarmas dentro de mí: jamás se presta un coche y menos a unos judiciales con aliento alcohólico. Perfectamente distinguí el movimiento “discreto”, que hacen ellos, y que me permite encontrar entre sus hinchados estómagos y el cinturón imitación pita, con gran fajilla que presenta en el centro un cebú dorado, un par de pistolas tipo escuadra enormes, con el escudo nacional en las cachas. Tardé en contestar.
— ¿Qué pasó, jovenazo?; ¿se va a apretar?, ¿se va a poner marro? Ya sabe, hoy por nosotros, mañana por usted. ¿Quién sabe? A lo mejor mañana el que nos está pidiendo un paro es usted.
Tiene razón la filosofía cuando dice que en la vida estamos condenados a la soledad, y a la libertad de elegir; para bien o para mal, un volado, el factor suerte: ¿águila o sol?
¿Tu vi or not tu vi? ¿Me lanzo o no me lanzo? ¿Les presto el mustangio o no? En fracciones de segundo sopesé pros y contras, y llegué a una estúpida conclusión producto de mi juventud, y que intentaba ser salomónica: prestarles el coche ni loco, nunca jamás; negárselos tendría sus riesgos y tal vez consecuencias: provocar la ira de los judas. Así que rápidamente contesté:
—Yo los llevo, jefe.
Para mi sorpresa, pensé que insistirían en el préstamo. Las gandayas se sonrieron y me contestaron: — ¡Sale!; pero vámonos en friega porque se hace tarde. Así los tres nos subimos al hijo de Lee Iacoca. Y ahí te vamos a quién sabe dónde, solo recuerdo que me dijeron que íbamos hacia el oriente de la ciudad: “por Iztapalapa”. Durante el camino, tenso como iba, hablé poco; ellos en cambio se explayaron en anécdotas y admiraciones para su comandante: “es un chingón, se las sabe todas. Empezó muy chavo y estuvo con el mero mero en la DIP; con el mismo Negro Durazo. ¿Verdad, pareja?
—Al chile, sip, El Jefe Ortiz es muy respetado por todos los mandos.
Llegamos a una colonia sin calles pavimentadas, nos metimos por un laberinto de terrecerías, hasta dar con una casa de una sola planta, toda gris, sin pintura; los únicos rastros de color, eran los grafitis plasmados en la pared por las diferentes bandas de la zona. Se bajaron los chotas y tímidamente les dije: —Aquí los espero—, pensando sinceramente en dejarlos ahí, y salir corriendo.
—Nel, usted viene con nosotros—. Esto último dicho por los tamemes ya en un tono franco de que es a fuerza. No me gustó el modito, pero ni qué hacer, ya habíamos llegado y no me podía echar para atrás. Además yo sé que te va a resultar incomprensible esto que te voy a decir, rey, pero en el fondo tenía ganas de llegar hasta las últimas consecuencias, por morbo, o por curiosidad de mis veinte años.
Nada más al bajar del coche me pidieron, casi mi exigieron las llaves del mismo: “Es por si hay que mover la nave”. Mansamente di las llaves, tocaron tres veces en la reja oxidada de la casa y abrió una niña de no más de doce años de edad. A pesar de los jiotes, la niña no era fea y conservaba la mirada ingenua de quien solo piensa en caricaturas, esto me tranquilizó y más cuando, reconocidos los policarpos, fuimos invitados todos a pasar al interior del jacalote. Ya dentro, la estancia inspiraba más confianza pues se encontraba lo que supuse sería una familia completa: mamá, papá, abuelitos y niños viendo la tele; el cuadro de La Última Cena, los trofeos de fútbol, los recuerditos de las bodas y los bautizos, y un retrato grande que presentaba a un joven de rostro serio, frío; vestido de gala en uniforme de marino; empuñaba con la mano derecha un sable que tenía como mango la figura de un águila con el pico abierto, dispuesta a atacarte. Olía fuerte; a gas fugado, a gas quemado, a frijoles rancios, a metro. Cuando entramos toda esta gente ni siquiera volteó a mirarnos, como si no existiéramos; los judas, y yo en un tono más bien humilde y como pidiendo perdón por la intromisión, dijimos buenas tardes, un judicial añadió: — ¿Y El Chilín, jefe? Y el que al parecer era el papá le contestó en un tono seco sin siquiera mirarlo:
—Gerardo está atrás, en su cuarto.
Pasamos no sin antes decir “compermisito”. Recorrimos un largo pasillo y del fondo nos empezaron a llegar risas, llegamos a una puerta cerrada tocamos y nos abrió un monstruo. El tipo que nos recibió pesaría unos 130 kilos, distribuidos en aproximadamente 1.90 metros de estatura; nos sonrió con unos labios gruesos y color morado que se fundían en una cara hinchada, tenía manoplas en lugar de manos, y en esas manazas se perdió mi manita sudada cuando tuve que saludar al hijo de Shrek. Nos invitó a pasar a una habitación grande en donde encontramos a cerca de 15 personas, todos bebiendo refrescos de toronja con dos botellas de tequila blanco, sentados en sillas con el logo de una cervecería en el respaldo. Las sillas hacían una media luna alrededor de una cama grande, de sábanas sucias y colchas rotas, en donde estaba acostado un cadáver, un muerto viviente, un hombre en los puros huesos; las carnes de la cara se le encajaban en los pómulos salidísimos, los cabellos ralos y revueltos, los ojos saltones y rasgados no veían; te traspasaban sin misericordia, haciéndote sentir el peso de lo que han visto, de lo que han atestiguado, puertas que te llevaban seguro al infierno del alma de este tipo.
— ¡Qué pasó, hijos de la chingada! ¿Dónde se han metido?—, saludó con voz ronca el muerto-vivo, para después preguntar: — ¿Y este güey, quién es?—, señalándome a mí. Los judiciales prácticamente me empujaron hacia la cama pidiéndome que saludara al Jefe Chilín (así lo llamaron en voz alta). Me acerqué y olía a podredumbre, a perro muerto, a comida descompuesta revuelta con algún desodorante ambiental para baños, que alcancé a ver estaba al lado de la cama tirado en el piso. No supe qué hacer, mejor dicho no quería darle la mano; pero, ¿cómo evitarlo?, resignado le ofrecí mi mano derecha en donde supuse estaría la suya descarnada, cadavérica, y lo supuse porque hasta ese momento el Jefe Chilín estaba tapado con las cobijas hasta el cuello. Observé cómo empezaba hacer el movimiento para sacar un brazo de las cobijas y saludarme, yo tenía mucho asco y luchaba con la mejor de mis sonrisas para que no se notara, ya estaba resignado cuando del fondo de las cobijas salió la mano, pero no estaba sola, la acompañaba una pistola enorme, tipo revolver que me apuntó directo.
La sorpresa me hizo trastabillar; di un paso hacia atrás con intenciones de alejarme, pero, ya descarados, los dos judiciales por la fuerza me obligaron a permanecer de frente a la calaca empistolada, a la vez que me decían: —No le pasa nada. Salude.
Ofrecí mi mano y el muerto sin dejar de apuntarme sacó el brazo izquierdo, y en un movimiento incómodo para los dos nos saludamos en esa su izquierda. No me soltó de inmediato, se me quedó viendo y empezó a decir:
— ¿Sabes cuántos cabrones he visto volar con esta? (señalando la pistola); sí, cabrón, volar por el aire; ¡pum! Y ahí vas pa’tras uno, dos metros; ¡pum! Y saltas por el aire otro metro; ¡pum! Y te vuelo media cabeza; ¡pum! Directo a las entrañas y antes de que te caigas, puedo ver a través del hoyo que te dejé.
No era chiste, nadie en la habitación se reía, por el contrario todos estaban muy serios y respetuosos de lo que contaba aquel hombre:
—Todo es cosa de ganar el primer tiempo, si te apendejas te lleva la chingada; o, ¿no?, pinches judiciales culeros—. Los policías asintiendo con la cabeza, y el muerto sigue: —Yo no me apendejé, había buti tiras, y los hijos de su pinche madre (sus cómplices) me dejaron solo y al grito de ¡me la pelan! que empiezo: ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum! (con la mano de la pistola, imitaba la “patada” que daba esta a cada disparo mientras apuntaba a diferentes objetivos); y siguió: —Seis, siete disparos hasta que sentí el madrazo en la pierna, me caí de madre, me tumbó el balazo y como pude salí del banco; todavía alcancé a traerme una bolsa con pura pinche morralla, no alcanzó para el alcohol ni las vendas. Y aquí estoy todo jodido, pudriéndome por dentro, pero esto sí te digo pinche Muralla —dirigiéndose al monstruo que nos abrió—, voy a pescar al Chipotes; murallita china y verás que no vuelve a dejar abandonado a un compa en un jale.
Para estos momentos ya me había dejado de apuntar, me soltó la mano, y pude observar dos cosas: un tatuaje en su brazo, con forma de calavera fumando, que podía ser su autorretrato, y me di cuenta de que el marino del retrato de la entrada y él eran la misma persona, aunque no se parecieran en nada.
Al fin salimos de esa casa y yo estaba pálido y tembloroso. Los judas, creo, respetando las secuelas de mí miedo no hicieron comentarios. Ya casi llegando de regreso me preguntaron con cierta ironía reflejada en una sonrisita idiota:
— ¿A poco se espantó?
—Un poquito
—Ja, ja, ja; “un poquito”. Si conoció al as de la baraja, al bueno de Iztapa-lacra.
— ¿Será?
— Allá no se mueve nada sin el permiso del Chilín.
— ¡Újule, pareja!, si el jovenazo viene espantado, mejor que no le contamos lo que traemos.
Extrañado pregunto qué traemos, si ellos no salieron ni un momento del cuarto, y yo no vi que tomaran algo. Debajo del asiento del copiloto sacan dos ladrillos envueltos en papel aluminio, y estos a su vez guardados en plástico transparente que deja ver dos sellos en forma de escorpión. Me los muestran:
—La pura caspa del diablo, jovenazo (cocaína), el encarguito por el que fuimos.
En mi mente aparece la imagen cuando les di las llaves del auto, y lo comprendo todo. Me siento mal, estoy mareado y tengo ganas de vomitar. Ya no veo el momento en que lleguemos y me pueda meter a bañar; empiezo a comprender el tamaño de estupidez que hice, y esta no se arreglará con una bañada, necesito desaparecer y desaparezco.
3
Máster, mi rey; acá tu buen siguió y siguió por la vida, y en este deambular me hice burócrata de postín, empleado de gobierno de “primer nivel”. ¡Ay, Güeyyy! Hombre de las confianzas de un Subsecretario del gobierno federal, cercanísimo al mismo Secretario de Gobernación. Tenía yo este puesto de asesor en gober; haz esto, haz lo otro, haz aquello y esto de hacer como asesor se resumía a: “redáctate un desplegado a favor del Secretario, lo va a firmar la Asociación de Músicos, así que ponle melodía”; o “realiza un estudio de impactos de prensa tanto a favor como en contra del Secretario, a los periodistas que escriben en con¬tra ponlos en una lista aparte y si ya van más de tres artículos negativos, los invitas a desayunar y les preguntas qué pasó”. Y en uno de esos días llegó mi cumpleaños, mientras estaba redactando un escrito de apoyo al Secretario de Gobernación; suscrito por el Sindicato de Trabajadores de la Industria Nopalera, que decía básicamente que no fuéramos babosos, y que apoyáramos la noble labor del secre.
Consuelito, quien era la asistente de un colaborador del Secretario muy importante, me informó: — Lic., le llama el Lic., que lo espera en su oficina, que no se tarde por favor.
No era cosa de hacer esperar a este funcionario tan importante, con quien yo me llevaba muy bien, y hasta podríamos decir que éramos como amigos; me dirigí de inmediato a su oficina. Y aquí, rey, empieza la segunda historia, el otro dilema, la otra elección impostergable y una vez más la realidad de estar completamente solo, ante el destino que en fracciones de segundo puede cambiar tu vida por completo. Toco y entro a la oficina, comedidamente se levanta a saludarme el Lic., cierra tras de mí la puerta y me abraza.
— ¡Hombre! Licenciado, ¡muchas felicidades!, que pase usted su cumpleaños lleno de felicidad rodeado de los suyos.
—Muchas gracias, licenciado. Correspondo al abrazo riñonero mientras me palmea la espalda el Lic.; pesará unos 130 kilos, repartidos en 1.90 metros de estatura, no alcanzo a abarcarlo todo. Huele fino. Por un momento nos quedamos frente a frente, él tomándome por los hombros; yo le llego casi al ombligo, noto de su aliento un discreto tufo a alcohol. La camisa impecable, mandada hacer, su corbata le queda ridículamente pequeña y está hecha trenzas, en una de las vueltas se puede leer la palabra Hermés. En la habitación está otra persona que ya se ha levantado para saludarme, el licenciado me presenta con él.
—Lic., tengo el gusto de presentarle —señalándome al hombre— a nuestro comisionado para el combate a las drogas en la zona norte del país—. Siguió: —El licenciado, aparte de su vocación de servicio público, es un gran artista, exquisito poeta de enorme sensibilidad. Seguramente usted, Lic., que es una persona informada, conocerá algo de su obra—. Dirigiéndose al hombre le pidió: — ¿Por qué no le tarareas una de tus canciones aquí al licenciado a ver si la reconoce?— El hombre empezó a cantar una melodía muy popular, conocidísima por medio mundo, creo que hasta concursó en un OTI.
—No me diga que usted es el autor de esta canción, si no mal recuerdo la cantaba fulana de tal. Es preciosa. Acentúo hipócritamente.
—Así es, licenciado. Me contesta y se sigue por ahí: —El servicio público tiene largas horas de trabajo, pero qué le puedo yo contar a usted, que está en lo mismo. Sin embargo uno se tiene que dar tiempo para alimentar al espíritu, al poeta y loco; al niño y al bohemio que nos habita licenciado, y que nos recuerda que somos simples seres humanos, que sufrimos y gozamos.
Después del discurso y ante el arrastre de sus palabras pensé: “este güey está francamente borracho, pero ¡no friegues! Son las diez de la mañana”. Observé sobre el escritorio de mi casi amigo, una botella de vodka fino consumida hasta la mitad, junto a ella estaba un litro de jugo de naranja abierto. Prosiguió el compositor:
—Pero le mandamos llamar porque me enteré a través de mi amigo, el coordinador, que el día de hoy es su cumpleaños. Y aun sin conocerlo me permití traerle un presente, un regalo que atestigua mi buena fe y mi interés de seguir trabajando juntos. Sí, no se sorprenda licenciado, ni crea que estoy confundido porque yo estoy allá en el norte del país y usted en el centro. De buena fuente sé que usted será propuesto para una alta comisión precisamente en el norte del país— me informó el artista y burócrata.
— ¡Ah, caray!— le respondí. —Ahora sí que me deja sorprendido, yo no sé nada de esto que me dice.
—Pormenores licenciado, pormenores; ya se enterará usted. Por lo pronto lo más importante es darle su regalo—. Dicho esto cruzó el brazo por el interior de su saco, y de una de las bolsas extrajo un salero. Sí, un salero para verter sal; de esos grandes de vidrio transparente, y donde los hoyitos para escanciar el contenido forman una “S”.
Al momento de poner el salero sobre el escritorio dijo orgulloso y sin ningún tipo de escrúpulo: —Oro blanco boliviano, licenciado, sin cortes, sin trucos, 20 gramos puros sembrados, cosechados, y procesados en las alturas de Bolivia, una belleza en color y efecto. La mejor cocaína del mundo, y no hablo de precios porque no quiero ofenderlo licenciado, pero esto compraría muchas voluntades.
Seguramente yo tenía la boca abierta por la sorpresa, no sabía qué responder, cómo actuar. La situación era en sí misma absurda, estábamos a menos de 20 metros de la oficina del Secretario de Gobernación. El bohemio destapó el salero, le quitó un papel que evitaba que el contenido se saliera por la “S”, y me dijo haciendo dos líneas blancas:
—Por favor, háganos los honores—. En cámara lenta volteo a ver a quien definitivamente ya no es mi amigo, y observo cómo el tipo sonriente, con una mirada vaga, se afloja el nudo de la corbata, se abre la camisa y de entre una camiseta, y los pliegues de su gordo cuello extrae una gruesa cadena de oro, que saca por arriba de su cabeza. De la cadena cuelga una cucharilla, una cuchara a escala mínima que supongo es de oro también, y que veo tiene bellos arabescos como adorno. Me pregunta feliz:
—¿Cucharita o popote, Lic.?
En fracciones de segundo pasan por mi mente varias conjeturas: “es broma, es un cuatro, es una prueba, es… es… la neta”, y antes de terminar estos pensamientos, el compositor se agacha y con una facilidad que no deja dudas de su experiencia en estos menesteres; aspira con dos inhalaciones largas interminables los caminitos de nieve que había vertido en el escritorio.
—Sírvame vodka, licenciado, por favor, para bajarme el pase. ¡Qué bárbaro! ¡Qué finura de material! Y no se lo estoy “cantando” licenciado, es solo la verdad. No cabe duda que el comandante Ortiz, decano de la policía mexicana; de esa policía que los ladrones respetaban, la de Arturo Durazo; consigue la crem de la crem.
Antes de que intentara hacer dos líneas más me adelanté e hice mi jugada; ya había calculado las posibilidades, pensé: “estos güeyes están locos o me confundieron, yo no voy a ninguna comisión al norte, tampoco se trata de hacerlos enojar desairándolos”. Así que señalé serio:
—Yo estoy verdaderamente conmovido con este detalle de amabilidad de su parte licenciados, estoy seguro que de seguir formando equipo con ustedes, podremos lograr cosas importantes dentro del servicio público. Sobre todo aprender yo, que soy el más novato, los interiores de la política mexicana. Gracias, muchas gracias por sus expresiones de generosidad, de confianza en mí. Sin embargo, me temo que no puedo aceptar su obsequio. Disculpen que para dar razón de esto necesite hablar de mi vida privada. Me acabo de divorciar y uno de los motivos, el principal, que causó esto es que tengo un problema de infertilidad. La que era mi esposa no pudo soportar esta situación, e ilusionada por ser madre en las formas naturales en que se es me pidió el divorcio, que no pude negarle comprendiendo la alta misión de una mujer ante su destino natural. Así, como el poeta, “cerrando los ojos, la dejé pasar…”. Tengo esperanza que pronto la vida me reconforte con otra ilusión, con otro amor; pero no soy ingenuo, sé perfectamente que a una familia la conforman los hijos, sin estos ¿qué sentido tiene la relación? ¿Qué sentido tiene la presencia en el mundo, sino se deja una semilla que germine en bien de la familia, de la patria? Así que me estoy sometiendo a un tratamiento con químicos muy agresivos, el doctor que me lo está aplicando me da algunas esperanzas, pero me advierte que lo debo seguir rigurosamente, con disciplina espartana. No puedo tomar ni una aspirina sin la supervisión del médico, sé que ustedes comprenderán.
Se hizo un silencio total durante los instantes siguientes a mis excusas por no poder drogarme; me dio la sensación de que no creyeron lo que les dije, pero de alguna manera reconocían el valor inventivo del rollo que les había tirado. Ambos cruzaron fugazmente una mirada de interrogación sin decirse nada, hasta que el bohemio, poeta y drogo comentó:
—No hay ningún problema, licenciado, le vamos a guardar aquí su regalito y cuando termine su tratamiento, entonces sí lo celebramos como debe de ser.
Platicamos un rato más sobre la convulsionada política nacional, y, cortésmente, dando de nuevo las gracias, me despedí y salí de aquella oficina.
Han pasado muchos años desde estos dos eventos, completamente aislados uno del otro, pero ligados por los temas de la droga y la corrupción. Nunca hubiera imaginado que en alguna parte de mi vida las aristas de estos sucesos se tocarían, al menos en mi mente ¿imaginación?, formando un círculo conmigo en medio.
Leo la primera plana del periódico, la noticia principal es el secuestro y asesinato de un niño de 14 años, hijo de un empresario mexicano. Se habla de la captura de los delincuentes que, posiblemente, lo privaron de su libertad, y peor aun de su joven vida. Me conmueve el relato de lo ocurrido y sigo leyendo: “…el jefe de la banda, también conocido como el comandante Ortiz, el apá, el…, que trabajó en la desaparecida.., bajo las órdenes del Negro…”. Cierro el periódico y me dedico a mi cotidianidad, a la rutina diaria, y en un momento todo se paraliza, del fondo de mis recuerdos surgen imágenes, palabras, sucesos. Me digo que estoy loco, que me invento cosas; sacudo la cabeza para alejar estos pensamientos, pero vuelven a mí con más nitidez, casi presentes a pesar del tiempo. Comienzo a sentir miedo, miedo a los fantasmas en los que no creo, sin embargo no me atrevo a abrir los ojos por temor a encontrármelos de frente.

ESTE TÍTULO NO CUENTA

miércoles 6 de agosto de 2008

En días pasados recibí las lecturas correspondientes a las entregas venideras: Presentimientos, novela por Clara Sánchez y cuyo blog recomiendo ampliamente; y Ante los ojos de Desirée, novela corta escrita por Federico Reyes Heroles. La primera, española. El segundo, mexicano. Como es de esperarse, de inmediato les hice sitio a la mesa del banquete mencionado líneas atrás y me dí a la tarea de comenzar su lectura.
Ahora bien, si he comenzado con una disculpa, es porque no tengo los seis sentidos puestos en la encomienda. Y así lo anoté en la primera de forros internos ante los ojos de Desirée con un texto aplicable a ambas obras:

6 de agosto de 2008. Aun antes de leer este libro adivino en su trama una gran similitud con mis sueños, con mi vida misma. Ya veré cuan cierta es mi sospecha. Por lo pronto lo recibo cargado de tristeza, pesadumbre y angustia, pues en días recientes y hoy se ha confirmado, la noticia acerca del estado de salud de mi madre, de mi gran adoración, me enfrenta con la proximidad de lo inevitable.
Es verdad que aún no hay una sentencia dada, que no hay una fecha definitiva. Nadie muere en la víspera y, mientras hay vida, hay esperanza. La ciencia ha avanzado horrores, pero no hay garantía cuando el diagnóstico señala la inminencia, el peligro constante del ro
mpimiento del aneurisma que queja toda la aorta de mi cómplice, amiga, confidente. No me hago a la idea de vivir alejado de ella, sin ella. No es miedo a la soledad, siempre he sido solo, solitario, soltero. Es miedo en todo caso a su ausencia.
Hace dos años perdí a mi compañera, mi perrita Milka. Nunca experimenté una si
mbiosis semejante con una mascota. N la he llorado. A la semana siguiente murió la hermana de mi madre, muy querida. No la he llorado. Ahora se me quiere arrancar lo que me queda. No puedo, no debo llorar. La fortaleza es necesaria para sobrellevar el trance, para servir de soporte.
Perdón. A veces flaqueo.
Ahora,
sólo espero poder cumplir su íntimo deseo final: ver a sus nietos, aquellos de los que no sabemos nada desde hace 20 años, antes de partir.

Ojalá este llamado llegue a sus corazones.

RESUELTO

jueves 15 de mayo de 2008

Luego de dos exabrutos, comprendo. Cuando quieras escribir poesía en estos medios, por lo que respecta a este Blogger, en la configuración, bajo la ficha Formato, donde dice "Convertir saltos" elige "Sí", y voilá, incluso las entregas viejas se arreglan por arte de magia.

No cabe duda que siempre se aprende algo nuevo.

NUEVO INTENTO

Siguiendo con el enojo anterior, va de nuez. Otro ejemplo de poema desfachatado y desarmado por el pinche HTML de mierda.

Verso 1
verso 2
verso 3
verso 4

Verso 5
Verso 6
Verso 7
Verso 8

ENOJO

Por alguna ... razón que no alcanzo a comprender, y siendo del grupo de los cuidadosos en la forma hasta el perfeccionismo (que claro nunca alcanza la perfección y a veces ni siquiera se le acerca), en las entregas anteriores mis poemas, si gustan llamarlos así, fueron vilmente destrozados por la tecnología. De nada sirve capturarlos directamente, mandarlos a distancia, armarlos aparte para copiarlos y pegarlos ... ¡Esta ... ... #$%&! ¡Maldita! Siempre hace lo que se le pega la gana, no entiende más que de líneas seguidas, no comprende la existencia de versos. Como dice un personaje de Eugenio Derbez... ¡QUE ALGUIEN ME EXPLIQUE!
Visito los blogs de otros colegas,compañeros y amigos y sus poemas están bien conformados, aparentemente, pero cada intento que hago tarde o temprano termina hecho mierda por la programación HTML. Véase este ejemplo (que no dudo me haga quedar mal en el exabrupto):

Las cebollas son moradas
kioscos entrelazados
barandales que se abrazan
resguardando llantos.

Llantos que asfixian
sueños literarios
tardes lánguidas que alivian
ansias de lirios demudados.


A VER CÓMO QUEDÓ. YA ME DIRÁN.

DIEZ Y VEINTE

lunes 28 de abril de 2008

El 9 de julio de 1988, visitando el Museo Rufino Tamayo en la Ciudad de México donde a la sazón se exponía una colección de obras que inspiraron la obra de Octavio Paz, ocurrió que coincidí con este quien, a modo de curador de la misma, acudió a supervisarla (en realidad si no hubiera sido por la lluvia, él no se habría detenido más tiempo del necesario y el encuentro no habría ocurrido, tal vez).
Me acerqué tímido al poeta, a mi muy admirado poeta y ensayista. Yo tenía 25 años, preparaba mi tesis de licenciatura y mis ilusiones de aspirante a escritor palpitaban con frenesí ante semejante presencia prodigiosa. Lo saludé. Recuerdo aún la suavidad de su piel, el cálido y sutil apretón, franco y a la vez distante de su mano, la brillante y penetrante mirada azul de sus ojos, la vivaz y fogoza melena entrecana enmarcando un rozagante rostro inquisitivo y dulce.
Intercambié algunas palabras, solicité su intermediación para publicar en Vuelta, o al menos su guía y crítica. Me dijo que enviara mi trabajo a la revista, cosa que hice días después para no saber más de nada.
Ese día escribí un "poema" dedicado a él. Ignoro que habría pensado de su calidad, o simplemente de mi atrevimiento. Como ocurre con muchos de mis poemas jamás lo publiqué, hasta ahora.
El día que murió Octavio Paz impartía cátedra en la Universidad Iberoamericana, una de mis materias más queridas "Arte como medio de Comunicación" e íntimamente relacionada con mi tesis Estetica y Comunicación; en busca de una actitud estética. No di clase, imbuido de una gran tristeza opté por dedicar la clase al poeta, leí un par de sus trabajos y a modo de humilde homenaje a ese recuerdo entrañable, me atreví a leer mi poema ante mis estudiantes que me miraban azorados, incrédulos, aburridos, conmovidos, agradecidos, por las razones del momento de ocio que les brindé.
Ahora, a diez años de su muerte acaecida el 19 de abril de 1998 no quiero dejar pasar más días antes de terminar el mes más significativo de mi vida, luego del de mi nacimiento, sin compartir con el mundo mi sentimiento. Como dije en otro espacio, no hay fotografía ni más registro oficial del encuentro que mi memoria y este poema. Tómalo o déjalo, estimado lector, como mi verdad íntima y exclusiva.
En otra entrega sabrá el público los motivos adicionales para esta anterior aseveración.

O.P. (9/julio/1988)

Admirado prófugo del agua
profuso verdor en soledad
dí -si aún guardas fortaleza-
di, describe tu fineza
analiza tu certeza
critica la musicalidad del verso tuyo
¿redomado?
¿sutil?
¿espúreo?

Cuán empalagoso y refutado
cuán profundo entre tu fama

O.P. vuelve en ti
despierta a la política austera
escapa a la liviandad ególatra
obtenida en la altura
vive la tierra
perece en la lengua en el habla
parlante discreto
huye del juicio histórico
de la página enciclopédica
y vuelve O.P.
o qué, ¿no hay marcha atrás?

... Y existe eso nombrado poesía
que luego se hace eco
y yo repito
y muchos repetimos
secos
entre ensayos y lamentos
lesos...


Punto aparte. Dos días antes del fallecimiento del poeta, afligido por su estado de salud escribí otra audacia irreverente con él en la memoria:

LIBRO (17/abril/1998)


Era importante decírtelo,
a ti mi hermano Sol,
mi hermana Luna,
pues eres pozo y receptáculo
dádiva humana para la memoria divina

Por ti transcurren las vidas
de seres vueltos ideas
de ideas encarnadas en seres
que esperan
el movimiento de mi pupila para
guiñar al tiempo
el devenir de la Palabra.

Cierto es que no acaricias,
que no escupes a no ser
mediante metáforas
que atrapadas en tu blancura
empapelada pero también
es cierto que sin más eres
nada, apenas un conjunto
mamotreto mudo
ennegrecido en el alma.

Dependes de mí, de mis manos.
Son estas las que insultan
las líneas que te cortan en trazos
de ilusión; de argumentos
que muestran al pensamiento
de lo que capaz
es la imaginación.

Letra tras letra,
construyendo mundos,
marcando la pauta para que UNO
descubra entre rimas
o entre versos que demonios
expulsan.

Luego, diez años más tarde (27/abril/2008)
añado, continúo, añoro,
virtiendo ansias tras el recuerdo.
Te apareces
con tus palabras
entre tus silencios
en Paz, ¡oh!...
mudo y sin embargo estentóreo
radical, arbóreo,
azaroso, a modo de tímido obituario
dejado al viento
hasta otro instante
cuando la libertad de mi palabra
deje la incipiencia.