(Poema escrito antes de leer Letanía de la Muerte de Akemi Seiyu, pero publicado a partir de esta. Como todo lo que he escrito desde hace siete meses, lo dedico a mi adorada madre, q.e.p.d.)
Uno no se lleva al morir
nada más que lo puesto,
eso dicen y ahora sé
que tal afirmación es falsa.
En cuanto te fuiste
te llevaste todo
y hoy
el silencio
es mi impuesto.
Cargaste en tu féretro
más que un cuerpo bendecido;
allí iba todo lo mío:
mi origen, mi mundo,
mi hogar, mis secretos,
mis logros, fracasos,
dichas y momentos,
amores, ilusiones,
mi denuedo.
Fuego y viento se llevaron
mi razón de ser,
mi razón para creer,
mi razón de vivir
y en cambio dejaron
esto:
cenizas, espectros, aaaaaaaaaayes,
cantos de cucú nostálgico,
anuncios de días
nuevos siempre
huecos.
Vacío, sin embargo pleno
de soledad pletórico
de silencio ungido
por tu ausencia
siempre presente.
Es mentira la conseja.
Cuando uno muere se lleva
cuando menos algo
aun arrebatando nada.
Pasos, aromas, voces...
Todo.
Todo te lo llevaste.
Besos, abrazos, caricias,
calor, diálogo, entrega.
Hoy apenas quedan
heces, rescoldo, resabios,
imágenes, coss tan inertes
como tú o como yo
ahora.
Mechones, miradas capturadas,
Eso
queda
y el corazón
dolorido, palpitante,
bombeando añoranza.
Me dejaste
(lágrimas)
al por mayor y las risas
te llevaste
al irte sin prisas;
y grimas y desvelos
me trajiste.
Pues aun muerta no te fuiste del
todo tu recuerdo
ése
queda
de cuando me llevaste
acá, acullá no más allá
como ahora
hacia la nada
desde la nada
para siempre.